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2017/10/20 - 07:01

Kafka en sus «Diarios»: el espejo de un genio

BORJA HERMOSO

Una nueva versión de Círculo de Lectores rescata los pasajes suprimidos por su amigo Max Brod en la edición de 1950

MADRID.- En lo alto del cuaderno figuraba una fecha, 23 de diciembre de 1911. Debajo, podía leerse esta sucinta declaración de intenciones: «Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido, de haber mirado alrededor y de haber anotado observaciones incluso en circunstancias que hoy parecen insoportables...».
Sus diarios -un enorme observatorio de papel cuadriculado-, sus alrededores personales, sus observaciones de entomólogo sobre cosas y seres como Praga, los judíos, los colores del cielo, los visitantes colapsando las puertas del Louvre o las profecías de una sociedad amenazante, tantos síntomas de una experiencia vital a la intemperie, los amasó Franz Kafka entre 1910 y 1923 de manera anárquica y nerviosa, a contrapelo, en forma de apuntes tomados sin luz o en trenes en marcha. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores plasma ahora todo eso en la segunda parte de las obras completas de Kafka, integrada por los Diarios, los Diarios de viaje y la Carta al padre.
Esta segunda entrega (la primera fue dedicada a sus novelas, y más adelante llegarán las referidas a las narraciones cortas y la correspondencia) se completa con un masivo aparato de notas, índices cronológicos de entradas y otros de fragmentos, esbozos y apuntes narrativos, además de una minuciosa cronología de la vida del autor de América. El filólogo Jordi Llovet ha dirigido esta edición de más de 1.000 páginas, cuya traducción al español ha corrido a cargo de Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra a partir de la versión de la editorial alemana S. Fischer (1982).
Primera edición íntegra
Estos Diarios no sólo ocupan el segmento más íntimo -más kafkiano, valga la expresión- de las obras completas del autor, sino que constituyen un verdadero hito editorial por partida doble: en primer lugar, estamos ante la primera edición íntegra en español de los diarios; en segundo, el ingente trabajo coordinado por Ignacio Echevarría es una tradución alejada por completo de las tradicionalmente disponibles en castellano, todas ellas basadas en la versión póstuma del amigo de Kafka y editor Max Brod, establecida en 1950.
La vocación de mejora con respecto al modelo de Brod está clara, de manera muy especial en la ordenación de textos, que se olvida del casi obsesivo criterio cronológico ejercido por Brod y le prefiere la alocada secuencia efectiva de las anotaciones que Kafka realizaba, iniciando unos cuadernos, abandonando otros y retomándolos de nuevo. Pero además, y he ahí quizá lo más valioso de la obra, esta versión incorpora todas las supresiones a las que por unos u otros motivos procedió el editor alemán.
En algunos casos se trata de fragmentos que Brod consideró demasiado íntimos; otras veces, pasajes demasiado crípticos y de lectura complicada; otras, citas del autor checo sobre algunas de sus lecturas favoritas; y, en fin, dibujos ejecutados por el propio Kafka en los márgenes de sus cuadernos y sus legajos. La conclusión: la sacrosanta versión de Max Brod se ha quedado, si no obsoleta, sí superada.
«Lo más interesante es que se ha trabajado sobre los manuscritos reales de Kafka, y no sobre la edición establecida por Max Brod. Hay mucho material que Brod no utilizó, y eso enriquece la obra, por supuesto», explica el traductor Joan Parra.
Parra establece grandes diferencias entre la tarea de traducir al Kafka de las narraciones y al de los diarios: «En el caso de sus diarios hay grandes problemas de interpretación, porque se trata de textos que en su mayor parte no estaban destinados a ser leídos sino, como mucho, a ser releídos por su autor. No estamos ante un artefacto literario, es un material personal, íntimo, y las pistas son casi inexistentes, con lo que la inerpretación es muy difícil».
Una concisión brutal
Esta segunda entrega de las obras completas de Kafka no es un libro fácil, entre otras cosas porque los responsables de su edición han preferido primar el respeto a los manuscritos originales antes que practicar cualquier concesión al gran público.«Es una prosa a veces enrevesada y de una concisión brutal, por lo que no es fácil de leer, y mucho menos de traducir. Hemos tenido que forzar la sintaxis para poder reflejar con fidelidad lo que Kafka escribió».
Esa voluntad de respeto y fidelidad al original no les ha impedido corregir los abundantes errores cometidos por el autor de La metamorfosis a la hora de escribir nombres propios o palabras en otros idiomas distintos al alemán. La nueva versión sí respeta, en lo posible, el a menudo mareante sistema de puntuación del escritor checo.
Lejos de los criterios correctores de la edición de Max Brod, Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual no se plantearon como meta facilitar la lectura de los Diarios. «Se trataba de ofrecer una versión lo más fiel posible, y eso implica no ponerle las cosas fáciles al lector».
Sin ser fáciles, los Diarios de Franz Kafka no encierran las inextricables simbologías ni los devaneos geniales pero a veces irresolubles de un Fernando Pessoa en el fascinante Libro del desasosiego. Kafka mira la vida y se aterra con la amenaza del mundo futuro y las instituciones, mete el bisturí en el rico conflicto lingüístico de la Praga de inicios de siglo, cita a Goethe como su referencia primera, describe sensaciones, paisajes, olores y gentes desde una gama de estilos que van desde el naturalismo hasta el barroco, pasando por el cubismo y el zarpazo expresionista. Nora Catelli, autora del prólogo, se plantea con serias dudas si estos Diarios pudieran haber sido documentos preparatorios de la autobiografía de Franza Kafka. Una autobiografía jamás escrita.

Lo acechante, lo angustioso... lo kafkiano
Con la edición de esta nueva versión de los Diarios, acompañados de la Carta al padre, Círculo de Lectores prosigue con su labor de rescate de Franz Kafka, si es que a la obra y a la vida de Franz Kafka les hace falta que alguien los rescate.
En estas páginas, el autor de El proceso, El castillo y El desaparecido (título éste último con el que la editorial publicó la novela hasta ahora conocida como América) despliega todos y cada uno de los argumentos que han hecho que el adjetivo kafkiano simbolice en los tiempos modernos todo lo que de temible, acechante, angustioso y hasta tenebroso encierran para muchos mortales esos mismos tiempos modernos.
Y hasta la propia idea de la vida: «Domingo, 19 de junio de 1910. Dormido, despertado, dormido, despertado, qué asco de vida».
O de la muerte: «Morir no significaría otra cosa que entregar una nada a la nada, lo cual resulta inconcebible, pues cómo podría uno, que es una nada, entregarse con consciencia a la nada, y no sólo a una nada vacía, sino a una nada efervescente, cuya nulidad sólo consiste en su incomprensibilidad».
O de la locura: «El miedo a la locura. Ver locura en todo sentimiento que aspira directamente a algo y hace olvidar todo lo demás».

© elmundo.es


Revision: 2011/01/08 - 00:18 - © Mauro Nervi




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